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XI

—Lizaveta Prokófievna está hoy de un humor verdaderamente diabólico —añadió al salir—, pero lo más curioso es que Aglaya se ha peleado con toda su familia; no solo con su padre y su madre, sino también con sus hermanas. No es una buena señal.

Dijo todo esto con absoluta despreocupación, a pesar de que para los ojos del príncipe era sumamente importante, y se marchó con su hermano.

En cuanto al episodio del «hijo de Pavlíschev», Gania había guardado absoluto silencio, en parte por una especie de falso pudor, en parte, tal vez, para «ahorrarle los sentimientos al príncipe». Este último, sin embargo, le volvió a agradecer la molestia que se había tomado en el asunto.

Mishkin se alegró bastante de que lo dejaran a solas. Salió del jardín, cruzó la calle y entró en el parque. Deseaba reflexionar y tomar una decisión respecto a cierto «paso». Este paso, sin embargo, era una de esas cosas que, por regla general, no se meditan, sino que se deciden a favor o en contra de manera precipitada y sin pensarlo mucho. El caso es que sentía el anhelo de dejarlo todo y marcharse; irse a cualquier parte, con tal de que fuera lo suficientemente lejos, y de inmediato, sin despedirse de nadie. Presentía que, si se quedaba unos días más en aquel lugar y entre aquella gente, quedaría arraigado allí de forma irrevocable y permanente. Con todo, a los pocos minutos decidió que huir era imposible; que aquello sería cobarde; que ante él se abrían grandes problemas y que no tenía derecho a dejarlos sin resolver, o al menos a negarse a consagrar todas sus energías y fuerzas al intento de resolverlos. Tras llegar a esta conclusión, dio media vuelta y volvió a casa; su paseo había durado menos de un cuarto de hora. En aquel momento era profundamente infeliz.

Lebedeff no había regresado, así que hacia el atardecer Keller se las ingenió para penetrar en los aposentos del príncipe. No estaba borracho,

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