dispuesta a un lado ocupaba casi todo el espacio. Además de la cama, solo había tres sillas corrientes y una miserable mesa de cocina vieja colocada ante un pequeño sofá. Apenas se podía pasar entre la mesa y la cama. “Sobre la mesa, igual que en el otro cuarto, ardía un cabo de vela de sebo en un candelero de hierro; y sobre la cama gemía un bebé de apenas tres semanas. Una mujer de aspecto pálido estaba vistiendo al crío, probablemente la madre; parecía como si aún no se hubiera recuperado de las fatigas del parto, se la veía muy débil y vestida con descuido. Otro niño, una niña de unos tres años, yacía en el sofá, cubierto con lo que parecía el viejo abrigo de un hombre. “Junto a la mesa había un hombre en mangas de camisa; se había quitado la chaqueta, que yacía sobre la cama, y estaba desatando un paquete de papel azul que contenía un par de libras de pan y unas salchichitas. “En la mesa, junto a estas cosas, había unos viejos trozos de pan negro y algo de té en una tetera. Debajo de la cama sobresalía una maleta abierta y llena de atados de trapos. En una palabra, la confusión y el desorden de la habitación eran indescriptibles. “A primera vista, me pareció que tanto el hombre como la mujer eran personas respetables, pero llevadas a ese grado de pobreza en el que el desorden parece vencer a cualquier esfuerzo por combatirlo, hasta que al final uno le toma una especie de amarga satisfacción. Cuando entré en el dormitorio, el hombre, que había entrado un instante
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VI. Unas palabras sobre mis circunstancias
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