el zaguán era tan oscuro que no se veía absolutamente nada. Era una de esas grandes casas divididas en pequeños pisos, de las que debía de haber al menos un centenar. “Cuando entré en el patio me pareció ver a una persona que caminaba por el fondo; pero estaba tan oscuro que no pude distinguir su figura. “Crucé hacia esa esquina y encontré una escalera sucia y oscura. Oí a un hombre subir por encima de mí, bastante más arriba, y pensando que lo alcanzaría antes de que le abrieran la puerta, me lancé tras él. Oí abrir y cerrar una puerta en el quinto piso mientras avanzaba jadeando; la escalera era estrecha y los escalones innumerables, pero por fin llegué a la puerta que creía la correcta. Pasaron unos momentos hasta que encontré el timbre y conseguí hacerlo sonar. “Una anciana campesina abrió la puerta; estaba ocupada encendiendo el samovar en una cocinita. Escuchó en silencio mis preguntas, no entendió ni una palabra, por supuesto, y abrió otra puerta que conducía a una habitación diminuta, baja y casi sin muebles, pero con una cama grande y ancha, con cortinas. En esta cama yacía un tal Teréntich, como lo llamó la anciana, borracho, según me pareció. Sobre la mesa había un cabo de vela en un candelero de hierro y media botella de vodka, casi acabada. Teréntich me murmuró algo y señaló hacia la habitación contigua. La anciana había desaparecido, así que no me quedó más remedio que abrir la puerta indicada. Lo hice y entré en la siguiente estancia. “Esta era todavía más pequeña que la otra, tan estrecha que apenas podía dar la vuelta; una cama individual
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VI. Unas palabras sobre mis circunstancias
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