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VII

Allí yacía sobre la alfombra, y alguien le puso rápidamente un cojín bajo la cabeza.

Nadie se esperaba esto.

Al cabo de un cuarto de hora más o menos, el príncipe N⁠⸺, Evgueni Pávlovich y el viejo dignatario se esforzaban denonadamente por restablecer la armonía de la velada, pero fue en vano, y muy poco después los invitados se dispersaron y tomaron cada cual su camino.

Se prodigó una gran muestra de simpatía; se ofreció voluntariamente una considerable cantidad de consejos; Iván Petróvich expresó su opinión de que el joven era «un eslófilo, o algo por el estilo»; pero que no se trataba de un desarrollo peligroso. El viejo dignatario no dijo nada.

Es verdad que la mayoría de los invitados, al día siguiente y al otro, no estaban de muy buen humor. Iván Petróvich estaba un poco ofendido, pero no de manera grave.

El superior del general Yepanchín se mostró bastante frío con él durante algún tiempo después del suceso. El viejo dignatario, como protector de la familia, aprovechó la ocasión para murmurar algún tipo de amonestación al general y añadió, en términos halagadores, que estaba sumamente interesado en el futuro de Aglaya.

Era un hombre que realmente poseía un buen corazón, aunque su interés por el príncipe, en la primera parte de la velada, se debía, entre otras razones, a la relación de este último con Nastasia Filípovna, según la voz popular. Había oído hablar mucho de esta historia aquí y allá, y estaba muy interesado en ella, tanto que deseaba hacer más preguntas al respecto.

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