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IV

pequeño; diría que no es suficiente, lo que traería como resultado que se requirieran de cuatro a cinco veces más niños laicos que monjes en un tiempo dado. El pecado, disminuido por un lado, se vería por lo tanto aumentado por el otro, en cantidad, no en calidad. Entiendan, señores, que al razonar así estoy adoptando el punto de vista que podría haber adoptado un criminal de la Edad Media. En cuanto a mí, un hombre de finales del siglo diecinueve, yo, por supuesto, razonaría de otro modo; lo digo claramente, y por lo tanto no necesitan burlarse de mí ni mofarse de mí, señores. En cuanto a usted, general, es aún más indecoroso de su parte.

En segundo lugar, y dando mi propia opinión personal, la carne de un niño no es un alimento satisfactorio; es demasiado sípida, demasiado dulce; y el criminal, al hacer estos experimentos, no podría haber satisfecho ni su conciencia ni su apetito.

Voy a concluir, señores; ¡y mi conclusión contiene la respuesta a una de las preguntas más importantes de aquel tiempo y del nuestro! Este criminal terminó por fin denunciándose a sí mismo ante el clero y entregándose a la justicia. No podemos menos que preguntarnos, recordando el sistema penal de aquella época y los tormentos que le aguardaban: ¡la rueda, la hoguera, el fuego!, no podemos menos que preguntarnos, lo repito, ¿qué le impulsó a acusarse de este crimen? ¿Por qué no se detuvo simplemente en el número sesenta y guardó su secreto hasta su último aliento? ¿Por qué no pudo simplemente dejar tranquilos a los monjes e irse al desierto a arrepentirse? ¿O por qué no hacerse monje él mismo? ¡Ahí es donde radica el enigma! ¡Debió de haber algo más fuerte que la hoguera o el fuego, o incluso que los hábitos de veinte años! ¡Debió de haber una idea más poderosa que todas las calamidades y dolores de este mundo, el hambre o la tortura, la lepra o la peste; una idea que penetró en el corazón, dirigió y ensanchó los resortes de la vida, e hizo que incluso aquel infierno fuera soportable para la humanidad! ¡Muéstrenme una fuerza, un poder como ése, en este nuestro siglo de

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