estrecha sala de visitas, amueblada con media docena de sillas de anea y dos pequeñas mesas de juego, Madame Terentieff, con el tono chillón que le era habitual, prosiguió su torrente de invectivas.
—¿No te da vergüenza? ¿No te da vergüenza? ¡Bárbaro! ¡Tirano! Me has robado todo lo que poseía; me has chupado los huesos hasta la médula. ¿Hasta cuándo seré tu víctima? ¡Hombre desvergonzado y sin honor!
—¡Marfa Borísovna! ¡Marfa Borísovna! Aquí está… ¡el príncipe Mishkin! El general Ivoguin y el príncipe Mishkin —balbuceó el desconcertado anciano.
—¿Lo creería usted —dijo la dueña de la casa, dirigiéndose de pronto al príncipe—, lo creería usted que ese hombre ni siquiera ha perdonado a mis huérfanos? ¡Lo ha robado todo, lo ha vendido todo, lo ha empeñado todo; no me ha dejado nada, absolutamente nada!
¿Qué voy a hacer yo con sus pagarés, tunante astuto y sin escrúpulos? ¡Responde, devorador! ¡Responde, corazón de piedra! ¿Cómo voy a alimentar a mis huérfanos? ¿Con qué voy a nutrirlos? ¡Y ahora ha venido, está borracho! Apenas se tiene en pie. ¡Cómo, oh, cómo he ofendido al Omnipotente para que haga caer sobre mí esta maldición! ¡Responde, bellaco despreciable, responde!
Pero esto era demasiado para el general.
—Aquí tiene veinticinco rublos, Marfa Borísovna... es todo lo que puedo darle... y aun estos se los debo a la generosidad del príncipe, mi noble amigo. He sido cruelmente engañado. Tal es... la vida... Ahora... Discúlpenme, estoy muy débil —continuó, de pie en el centro de la habitación, e inclinándose hacia todos lados—. ¡Estoy desfalleciendo; discúlpenme! ¡Lénotchka... un cojín... querida mía!
Lenotchka, a little girl of eight, ran to fetch the cushion at once, and placed it on the rickety old sofa. The general meant to have said much