que ni siquiera se atrevía a comunicar sus opiniones al general. Pero a veces cobraba valor y volvía a llenarse de esperanza y buen ánimo, actuando, en realidad, como suelen actuar los hombres débiles en tales circunstancias.
Sin embargo, ambos amigos consideraron que el asunto pintaba de lo más favorable cuando un día Nastasia les informó que daría su respuesta definitiva la víspera de su cumpleaños, aniversario que tendría lugar dentro de muy poco tiempo.
Entre tanto comenzó a circular un extrañísimo rumor: ni más ni menos que el respetable y muy respetado general Epanchin estaba tan fascinado por Nastasia Filíporovna que su sentimiento hacia ella rayaba casi en la pasión.
Qué pretendía lograr con el matrimonio de Gania y la muchacha era difícil de imaginar. Posiblemente contaba con la complacencia de Gania; pues Totski sospechaba desde hacía tiempo que existía algún entendimiento secreto entre el general y su secretario.
De todos modos, era un hecho sabido que había preparado un magnífico regalo de perlas para el cumpleaños de Nastasia, y que esperaba el momento de entregárselo con la mayor emoción e impaciencia. El día antes de su cumpleaños se encontraba en un estado de fiebre y agitación.
La señora Epanchin, muy habituada a las infidelidades de su marido, había oído hablar de las perlas, y el rumor despertó su más viva curiosidad e interés. El general advirtió sus sospechas y sintió que dentro de poco tendría lugar una gran explicación, hecho que lo alarmaba mucho.
Esta es la razón por la que tenía tan poca disposición a almorzar (en la mañana en que retomamos esta narración) con el resto de su familia. Antes de la llegada del príncipe, se había propuesto alegar asuntos de trabajo y «saltarse» la comida; lo que simplemente significaba huir.