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IV

Respondí de inmediato, casi jadeando de emoción: «¡Un general, que murió en los campos de batalla de su patria!» « Le fils d’un boyard et d’un brave, pardessus le marché. J’aime les boyards. M’aimes-tu, petit? »

—A esta aguda pregunta repliqué con igual agudeza: «El corazón ruso sabe reconocer a un gran hombre aun en el acérrimo enemigo de su patria». Al menos, no recuerdo las palabras exactas, sabe usted, pero la idea era tal como digo.

Napoleón quedó impresionado; pensó un minuto y luego dijo a su séquito: «Me gusta el orgullo de ese muchacho; si todos los rusos piensan como este niño, entonces…»; no terminó la frase, sino que siguió adelante y entró en el palacio.

Inmediatamente me mezclé con su séquito y lo seguí. Ya gozaba de gran favor. Recuerdo que, al entrar en la primera sala, el emperador se detuvo ante un retrato de la emperatriz Catalina y, tras una mirada pensativa, comentó: «Era una gran mujer», y siguió adelante.

“Pues bien, en un par de días era conocido en todo el palacio y el Kremlin como «le petit boyard». Solo iba a casa a dormir. En casa estaban poco menos que locos conmigo.

Unos días después de esto, murió el paje de Napoleón, De Bazancour; no había podido soportar las penalidades de la campaña. Napoleón se acordó de mí; me llevaron sin dar explicaciones; me probaron el uniforme del paje difunto y, cuando me llevaron ante el emperador vestido con él, me saludó con la cabeza y se me comunicó que había sido nombrado para el puesto vacante de paje.

—Bueno, me alegré bastante, pues hacía mucho tiempo que sentía la mayor simpatía por este hombre; y además el bonito uniforme y todo

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