habría estado entre el tercer grupo en pasar. Un sacerdote deambulaba entre ellos con una cruz, y le quedaban unos cinco minutos de vida.
“Él decía que aquellos cinco minutos le parecieron un período de lo más interminable, una enorme riqueza de tiempo; parecía estar viviendo, en esos minutos, tantas vidas que aún no había necesidad de pensar en ese último momento, de modo que hizo varios planes, dividiendo el tiempo en porciones: una para despedirse de sus compañeros, dos minutos para eso; luego un par más para reflexionar sobre su propia vida y su carrera y todo lo relacionado con él; y otro minuto para echar una última mirada a su alrededor.
Recordaba muy bien haber dividido su tiempo de este modo. Mientras se despedía de sus amigos, recordó haberle hecho a uno de ellos una pregunta muy corriente y cotidiana, y haber estado muy interesado en la respuesta. Luego, habiéndose despedido, se embarcó en esos dos minutos que se había asignado para mirar dentro de sí mismo; sabía de antemano en qué iba a pensar. Deseaba plantearselo a sí mismo lo más rápida y claramente posible, que allí estaba él, un hombre vivo y pensante, y que en tres minutos no sería nadie; o si alguien o algo, ¿entonces qué y dónde? Pensó que resolvería esta cuestión de una vez por todas en esos últimos tres minutos.
A poca distancia se alzaba una iglesia, y su aguja dorada brillaba al sol. Recordaba haber mirado fijamente esta aguja, y los rayos de luz que centelleaban en ella. No podía apartar los ojos de estos rayos de luz; se le metió en la cabeza que estos rayos eran su nueva naturaleza, y que en tres minutos se convertiría en uno de ellos, amalgamado de algún modo con ellos.
—La repugnancia a lo que debía sobrevenir casi inmediatamente y la incertidumbre eran espantosas —decía—; pero lo peor de todo era la