en ellos demuestran de la manera más incontestable que, dieciocho meses antes de su nacimiento, Nikolái Andréievitch se marchó al extranjero, donde permaneció tres años consecutivos. Su madre, como bien sabe usted, jamás ha salido de Rusia.… Es demasiado tarde para leer las cartas ahora; me conformo con constatar el hecho. Pero si lo desea, venga a verme mañana por la mañana, traiga con usted testigos y peritos calígrafos, y yo le demostraré la absoluta verdad de mi relato. A partir de ese momento la cuestión quedará zanjada.
Estas palabras causaron sensación entre los oyentes, y se produjo un movimiento general de alivio. Burdovsky se levantó bruscamente.
—Si eso es verdad —dijo él—, he sido engañado, groseramente engañado, pero no por Tchebaroff: y desde hace mucho tiempo, mucho tiempo. No deseo peritos, yo no, ni ir a verle. Le creo. Lo dejo por imposible… Pero rechazo los 10 000 rublos. Adiós.
—Espere cinco minutos más, señor Burdovsky —dijo Gavrila Ardaliónovitch amablemente—. Tengo algo más que decir. Han salido a la luz algunos hechos bastante curiosos e importantes, y es absolutamente necesario, en mi opinión, que los escuche usted. Me figuro que no se arrepentirá de que todo este asunto quede completamente aclarado.
Burdovsky volvió a sentarse en silencio e inclinó la cabeza como si estuviera sumido en profundos pensamientos. Su amigo, el sobrino de Lébedev, que se había levantado para acompañarle, volvió a sentarse también. Parecía muy decepcionado, aunque tan seguro de sí mismo como siempre.
Ippolit tenía un aspecto abatido y hosco, además de sorprendido. Acababa de sufrir un violento ataque de tos, de modo que su pañuelo estaba manchado de sangre. El boxeador parecía francamente asustado.
—¡Ay, Antip! —exclamó con voz miserable—, ¡te lo dije el otro día, anteayer, que tal vez tú no fueras realmente el hijo de Pavlíchev!