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VIII

que logró conseguir que continuara el tratamiento gratis durante dos años, ocultando la muerte de su benefactor. Pero el profesor mismo era un charlatán. Preocupado al fin cuando no llegaba el dinero, y alarmado sobre todo por el apetito de su paciente, le obsequió un par de polainas viejas y un abrigo gastado y lo despachó a Rusia en tercera clase. Parecería que la Fortuna le había dado la espalda a nuestro héroe. En absoluto; la Fortuna, que deja morir de hambre a poblaciones enteras, prodigó todos sus dones de golpe al pequeño aristócrata, como la «Nube» de Krílov que pasa sobre una árida llanura y se vacía en el mar. Apenas había llegado a San Petersburgo, cuando un pariente de su madre (que era de origen burgués, por supuesto) murió en Moscú. Era un mercader, un viejo creyente, y no tenía hijos. Dejó una fortuna de varios millones en buena moneda corriente, y todo fue a parar a nuestro noble vástago, a nuestro barón polainudo, tratado anteriormente de idiocia en un manicomio suizo. Al instante cambió la escena, multitudes de amigos se congregaron alrededor de nuestro barón, quien entretanto había perdido la cabeza por una célebre cortesana; incluso descubrió algunos parientes; además, varias jóvenes de alta alcurnia ardían en deseos de unirse a él en legítimo matrimonio. ¿Podría alguien imaginarse un partido mejor? ¡Aristócrata, millonario e idiota, lo tiene todo a su favor! Uno podría buscar en vano su igual, incluso con la linterna de Diógenes; ¡su semejante no se consigue ni mandándolo

—¡Oh, yo no sé qué significa esto! —exclamó Fiódor Pávlovich, transportado de indignación.

—Déjalo, Colia —suplicó el príncipe. Surgieron exclamaciones por todas partes.

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