A él le confió todo cuanto sabía acerca de los acontecimientos arriba consignados y sobre la actual condición del príncipe. No se equivocó mucho en su elección. Evgueni Pávlovitch tomó un profundo interés por la suerte del desafortunado «idiota» y, gracias a su influencia, el príncipe se vio una vez más con el doctor Schneider, en Suiza.
Evgueni Pávlovich, que por entonces se marchó al extranjero con la intención de vivir una larga temporada en el continente, al ser, como a menudo decía, completamente superfluo en Rusia, visita a su enfermo amigo en la clínica de Schneider cada pocos meses.
Pero el doctor Schneider frunce el ceño cada vez más y menea la cabeza; insinúa que el cerebro está mortalmente lesionado; todavía no declara que su paciente sea incurable, pero se permite expresar los más graves temores.
Evgenie se lo toma tan a pecho, y tiene corazón, como lo prueba el hecho de que recibe y hasta contesta cartas de Kolia.
Pero además de esto, se ha hecho evidente otro rasgo de su carácter, y como es un buen rasgo, nos apresuraremos a revelarlo.
Después de cada visita al establecimiento de Schneider, Evgenie Pávlovitch escribe otra carta, además de la dirigida a Kolia, dando los pormenores más minuciosos acerca del estado del enfermo.
En estas cartas se advierte, y en cada una más que en la anterior, un creciente sentimiento de amistad y simpatía.
La persona que se cartea de este modo con Evgueni Pávlovitch, y que acapara tanta atención y respeto por su parte, es Vera Lébedev. Nunca hemos podido averiguar con claridad cómo surgieron semejantes relaciones.