para que además se espere que bendiga al poder que me devora? Ciertamente, ciertamente no necesito suponer que Alguien —allá arriba— se ofenderá porque no deseo apurar la quincena que se me concede. No me lo creo. —Es mucho más sencillo y mucho más probable creer que mi muerte es necesaria —la muerte de un átomo insignificante— para cumplir con la armonía general del universo, para aportar algún que otro signo más o menos a la suma de la existencia. Del mismo modo que cada día la muerte de multitud de seres es necesaria porque sin su aniquilación los demás no podrían seguir viviendo (aunque hay que reconocer que la idea no es precisamente muy grandiosa en sí misma). —Sin embargo, ¡admitamos el hecho! Admitamos que sin esa continua devoración mutua el mundo no puede seguir existiendo, o jamás habría podido organizarse. Siempre estoy dispuesto a confesar que no alcanzo a comprender por qué esto es así, pero os diré lo que sí sé con certeza. Si una vez se me ha dado a entender y a comprender que yo soy, ¿qué me importa que el mundo esté organizado según un sistema lleno de errores y que de otro modo no pueda organizarse en absoluto? ¿Quién me juzgará o podrá juzgarme después de esto? Digáis lo que digáis, ¡el asunto es imposible e injusto! —Y, entretanto, a pesar de mis grandes deseos de lograrlo, jamás he podido convencerme de que no exista una vida futura ni una Providencia. —El caso es que todo esto sí existe, ¡pero no sabemos absolutamente nada sobre la vida futura y sus leyes!
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VII
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