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XI

—¡Ah! ¡Ahora empieza usted a moralizar! Ya sé que no soy más que un muchacho, de acuerdo —respondió Gania con impaciencia—. Eso queda demostrado por el hecho de estar manteniendo esta conversación con usted. No es solo por dinero, príncipe, por lo que me precipito en este asunto —continuó, apenas dueño de sus palabras, tan profundamente había sido herida su vanidad—. Si contara con eso, sin duda me equivocaría, pues todavía soy demasiado débil de mente y de carácter. Obedezco a una pasión, tal vez a un impulso, porque solo tengo un propósito, uno que domina sobre todo lo demás. Se imagina usted que, una vez que esté en posesión de estos 75.000 rublos, saldré corriendo a comprar un coche… No, seguiré usando el viejo abrigo que llevo desde hace tres años y dejaré el club. Seguiré el ejemplo de los hombres que han hecho fortuna. Cuando Ptitsin tenía diecisiete años dormía en la calle, vendía cortaplumas y empezó con un kopek; ahora tiene 60.000 rublos, pero ¿qué no habrá hecho para conseguirlos? Bien, a mí me ahorrarán un comienzo tan difícil y empezaré con un pequeño capital. Dentro de quince años la gente dirá: «¡Mirad, ese es Ivolgin, el rey de los judíos!».

Usted dice que no tengo originalidad. Pues bien, apréndalo bien, príncipe: no hay nada tan ofensivo para un hombre de nuestro tiempo y de nuestra raza como que le digan que carece de originalidad, que es débil de carácter, que no tiene ningún talento particular y que es, en suma, una persona corriente. ¡Ni siquiera me ha hecho el honor de considerarme un bribón! ¿Sabe que por eso mismo habría podido derribarlo de un golpe ahora mismo? ¡Me ha herido con más crueldad que Yepanchín, que me cree capaz de venderle a mi mujer! ¡Observe que fue una idea completamente gratuita por su parte, dado que jamás se ha hablado de eso entre nosotros! ¡Esto me ha exasperado y estoy decidido a hacer

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