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IX

sonrisa, de la manera más displicente posible.

Las muchachas se apartaron, casi asustadas; su padre estaba positivamente horrorizado. Las palabras de la señora Epanchin asombraron a todo el mundo. Algunos, que se habían quedado un poco más lejos, sonreían furtivamente y hablaban en voz baja. Lébedev tenía una expresión de éxtasis absoluto.

—El caos y el escándalo se encuentran en todas partes, madame —observó Doktorenko, que estaba considerablemente desconcertado.

—¡Así no! ¡Nada que ver con el espectáculo que nos acaba usted de dar, señor! —respondió Lizaveta Prokófievna con una especie de furor histérico—. ¡Dejen que me vaya, por favor! —gritó con violencia a los que la rodeaban y trataban de calmarla—. No, Evgueni Pávlovich, si, como usted mismo decía hace un momento, un abogado declaró en un juicio público que le parecía de lo más natural que un hombre asesinara a seis personas a causa de su miseria, el mundo se está acabando. Yo no me había enterado. Ahora lo entiendo todo. Y este tartamudo, ¿no resultará ser un asesino? —gritó señalando a Burdovsky, que la miraba estupefacto—. ¡A que sí! ¡Tal vez rechace su dinero y no acepte nada porque su conciencia se lo prohíbe, pero luego irá por la noche a asesinarlo y a robarle la caja fuerte con la conciencia bien tranquila! ¡Para él eso no es un acto deshonesto, sino «el impulso de una noble desesperación», «una negación» o vaya el diablo a saber qué! ¡Bah! Todo está patas arriba, todo el mundo camina cabeza abajo.

Una joven, educada en casa, de repente se sube a un carruaje en plena calle diciendo: «¡Adiós, madre, el otro día me casé con Karlitch, o con Ivanitch!». ¿Y a usted le parece de lo más normal? ¿Califica semejante conducta de respetable y natural? ¿La «cuestión femenina»? Mire usted —continuó señalando a Kolia—, el otro día este mequetrefe me aseguró que todo el significado de la

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