Toda la compañía de Rogozin se había reunido ya en el salón; algunos bebían, otros reían y hablaban: todos estaban en el colmo de la animación y del desenfreno.
- Férdishenko hacía lo imposible por integrarse con ellos;
- el general y Totski hicieron de nuevo el intento de marcharse.
- Gania también estaba de pie, sombrero en mano, listo para irse; pero parecía incapaz de apartar los ojos de la escena que tenía ante sí.
—¡Fuera, mantén las distancias! —gritó Rogozhin.
—¡A qué viene tanto grito! —exclamó Nastasia—. Todavía no soy tuya. Lo mismo te echo a la patada, que tú no sabes nada. Aún no he cogido tu dinero; ahí está todo sobre la mesa. ¡Toma, devuélveme ese paquete! ¿Hay cien mil rublos en ese paquete? ¡Puaf! ¡Qué porquería tan asquerosa parece! ¡Bah! ¡Qué tontería, Daria Alexéyevna!; ¿acaso te figurabas que iba a arruinarlo? —(señalando al príncipe). ¡Imaginátelo cuidándome! ¡Pero si él mismo necesita una niñera! Ya verás cómo el general