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I. La familia Yepanchín

Pero como ya dijimos antes, el hecho de la próxima boda de Adelaida fue un bálsamo para la madre. Durante todo un mes se olvidó de sus miedos y preocupaciones.

El destino de Adelaida estaba decidido; y con su nombre se unió el de Aglaya en los corrillos de la alta sociedad. Se rumoreaba que Aglaya también estaba «prácticamente comprometida»; y Aglaya siempre lucía tan dulce y se portaba tan bien (durante aquel período), que el corazón de la madre rebosaba de alegría.

Por supuesto, primero había que estudiar a fondo a Evgueni Pávlovitch antes de dar el paso definitivo; pero, en verdad, ¡qué encantadora se había vuelto la querida Aglaya!, ¡de hecho, cada día estaba más hermosa!

Y entonces—sí, y entonces—este abominable príncipe volvió a asomar el rostro, y todo se desmoronó de golpe, y todos parecían más locos que una cabra.

¿Qué había pasado en realidad?

De haber sido cualquier otra familia que no fuera la de los Yepantín, no habría ocurrido nada en particular. Pero, debido al alboroto y la ansiedad constantes de la señora Yepantín, no podía surgir el más mínimo contratiempo en los asuntos más simples de la vida cotidiana sin que ella previera de inmediato las consecuencias más espantosas y alarmantes, sufriendo en consecuencia.

¿Cuál debió de ser entonces su estado, cuando, entre todas las imaginarias zozobras y calamidades que tan constantemente la acosaban, vio alzarse ante ella un motivo real de disgusto, algo verdaderamente capaz de despertar dudas y sospechas!

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