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V. Varia

Deseaba añadir que él no era digno de que ella le pidiera perdón, pero se detuvo. Tal vez comprendía la frase de Aglaya sobre «el absurdo que no significaba nada» y, con la rara criatura que era, se regocijaba en esas palabras.

Indudablemente el hecho de que pudiera ahora venir y ver a Aglaya tanto como le placiera de nuevo era bastante para hacerlo perfectamente feliz; que pudiera venir y hablarle, y verla, y sentarse a su lado, y pasear con ella⁠—¡quién sabe!, ¿acaso todo esto era bastante para satisfacerle durante toda su vida, y no desearía nada más hasta el fin de los tiempos?

(Lizaveta Prokófievna sospechaba que este podía ser el caso, y no le gustaba; aunque muy probablemente no habría sabido expresar esa idea con palabras.)

Sería difícil describir la animación y el gran entusiasmo que distinguieron al príncipe durante el resto de la noche.

Él estaba tan feliz que «a uno le entraban ganas de alegrarse con solo mirarlo», tal como expresaron después las hermanas de Aglaya. Hablaba y contaba historias exactamente igual que lo había hecho una vez antes, y nunca más desde entonces, a saber, la misma primera mañana en que conoció a los Epanchin, hacía seis meses.

Desde su regreso a Petersburgo procedente de Moscú, había estado sumamente callado, y en una ocasión le había dicho al príncipe S⁠⸺, ante todos, que no se creía con derecho a degradar ningún pensamiento con sus indignas palabras.

Pero esta tarde él mismo llevó casi todo el peso de la conversación, contó historias a decenas y respondió a todas las preguntas que le hicieron con claridad, de buena gana y con todo lujo de detalles.

No había, sin embargo, nada de galanteo en su charla. Sus ideas eran todas de la índole más seria; algunas eran incluso místicas y profundas.

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