Robert toma como base de su teoría dos hechos de observación en los cuales ya nos hemos detenido al valorar el material onírico (véase p. 14), a saber: que tan a menudo se sueña con las impresiones más secundarias del día y que tan raramente se trasladan a él los grandes intereses del día. Robert afirma como exclusivamente correcto: > «Jamás las cosas que uno ha pensado por completo se convierten en estimuladoras del sueño, sino siempre únicamente aquellas que le yacen inconclusas en la mente o rozan fugazmente el espíritu» (p. 10). – «Por eso, la mayoría de las veces uno no puede explicarse el sueño, porque las causas del mismo son precisamente las impresiones sensoriales del día transcurrido que no han llegado a un conocimiento suficiente por parte del soñador». La condición para que una impresión llegue al sueño es, por tanto, o bien que su elaboración haya sido perturbada, o bien que, por considerarse demasiado insignificante, no haya tenido derecho a dicha elaboración.
El sueño se le presenta ahora a Robert «como un proceso físico de excreción que llega al conocimiento en su manifestación de reacción anímica».
Los sueños son excreciones de pensamientos ahogados en el germen.
«Un hombre al que se le quitara la capacidad de soñar, en un tiempo dado enloquecería, porque en su cerebro se acumularía una inmensa cantidad de pensamientos inacabados, no pensados hasta el final y de impresiones superficiales, bajo cuyo peso tendría que asfixiarse aquello que habría de incorporarse a la memoria como un todo acabado».
El sueño le presta al cerebro sobrecargado los servicios de una válvula de seguridad.
Los sueños tienen una fuerza curativa y liberadora (p. 32).