representaciones de objetivo deseadas, alcanzan el dominio las no deseadas. No solo hemos reconocido el enlace asociativo laxo en el sueño, sino que hemos atribuido a su origen un alcance mucho mayor del que cabía sospechar; sin embargo, hemos hallado que este es tan solo el sustituto forzoso de otro correcto y dotado de sentido. Ciertamente, también nosotros denominamos absurdo al sueño; pero los ejemplos pudieron enseñarnos cuán inteligente es el sueño cuando se hace el absurdo. Ninguna contradicción nos separa de las funciones que le han sido adjudicadas al sueño. Que el sueño descargue el alma a modo de válvula, y que según la expresión de Robert toda clase de elementos nocivos sean inocuizados mediante la representación en el sueño, no solo coincide exactamente con nuestra doctrina de la doble realización de deseos a través del sueño, sino que para nosotros se vuelve incluso más comprensible en su tenor literal que para Robert. El libre desenvolvimiento del alma en el juego de sus facultades se halla de nuevo en nosotros en la permisión que la actividad preconsciente concede al sueño. El «retorno al punto de vista embrionario de la vida anímica en el sueño» y la observación de Havelock Ellis de «un mundo arcaico de vastas emociones y pensamientos imperfectos» se nos antojan felices anticipaciones de nuestras exposiciones, que hacen que modos de operar primitivos y reprimidos de día participen en la formación del sueño; la afirmación de Sully, de que «el sueño restituye nuestras personalidades anteriores desarrolladas sucesivamente, nuestra antigua forma de ver las cosas, impulsos y modos de reacción que nos dominaron hace mucho tiempo», pudimos hacerla plenamente nuestra; al igual que en Delage, en nosotros lo «reprimido» se convierte en el motor del sueño.
El papel que Scherner atribuye a la fantasía onírica y las interpretaciones del propio Scherner las hemos reconocido en toda su extensión, pero