someter al análisis algunos ejemplos que contradicen esta afirmación.
I. Un muchacho de aún no cuatro años cuenta: Ha visto una gran fuente guarnecida, sobre la cual había un gran trozo de carne asada, y el trozo de repente fue entero —sin trocear— comido. A la persona que se lo ha comido no la ha visto43.
¿Quién puede ser la persona extraña con cuya suntuosa comida de carne sueña nuestro pequeño? Las vivencias del día del sueño deben esclarecernos al respecto.
El muchacho sigue desde hace algunos días una dieta láctea por prescripción médica; pero la tarde del día del sueño se había portado mal y, como castigo, le suprimieron la cena. Ya en otra ocasión había tenido que pasar por una cura de hambre semejante y se había portado con mucha valentía. Sabía que no recibiría nada, pero tampoco se atrevía a insinuar con una sola palabra que tuviera hambre.
La educación empieza a surtir efecto en él; ya se manifiesta en el sueño, que muestra un comienzo de desfiguración onírica. No cabe duda de que él mismo es la persona cuyos deseos apuntan a una comida tan rica, concretamente a un plato de asado. Mas como sabe que este le está prohibido, no se atreve a sentarse a la mesa por sí mismo, como lo hacen los niños hambrientos en sueños (véase el sueño de las fresas de mi pequeña Anna, p. 100).
La persona permanece anónima.
II. Sueño una vez que veo en el escaparate de una librería un nuevo cuaderno de aquella colección en encuadernación de coleccionista que antes solía comprar (monografías de artistas, monografías de historia universal, lugares artísticos célebres, etc.). La nueva colección se llama: Oradores (o Discursos) célebres y el cuaderno I de la misma lleva el nombre del Dr. Lecher.