completamente con nosotros, eso es un sin sentido, pero lo de las barras de chocolate no. A mí precisamente esto último me resultaba oscuro. Mamá me dio la explicación para ello.
En el camino de la estación a casa, los niños se habían detenido ante la máquina expendedora y habían deseado precisamente esas barritas de chocolate envueltas en papel brillante metalizado que, según su experiencia, vendía la máquina. Mamá había opinado con razón que aquel día había traído suficientes cumplidos de deseos y había dejado este deseo para el mundo de los sueños. A mí se me había escapado la pequeña escena.
Comprendí sin dificultad la parte del sueño proscrita por mi hija. Yo mismo había oído cómo el amable huésped les había pedido a los niños por el camino que esperaran hasta que papá o mamá los alcanzaran. De esta pertenencia temporal, el sueño de la pequeña hizo una adopción permanente.
Otras formas de convivencia que no fueran las mencionadas en el sueño, tomadas de los hermanos, su ternura aún no las conocía. Por qué las barras de chocolate fueron arrojadas debajo de las camas, por supuesto, no se pudo esclarecer sin interrogar a la niña.
Un sueño muy parecido al de mi muchacho lo he sabido por parte de unas amistades. Se refería a una niña de 8 años. El padre había emprendido con varios niños un paseo a Dornbach con la intención de visitar el Rohrerhütte, pero dio la vuelta porque se había hecho tarde y prometió a los niños compensarles en otra ocasión. De regreso pasaron junto a un cartel que señalaba el camino al Hameau. Los niños exigieron entonces que los llevaran también al Hameau, pero tuvieron que conformarse, por el mismo motivo, con que se pospusiera