Preámbulo: En la primavera de 1897 supe que dos profesores de nuestra universidad me habían propuesto para el nombramiento de profesor extraordinario. Esta noticia me llegó por sorpresa y me alegró vivamente como expresión de un reconocimiento, no motivado por relaciones personales, por parte de dos hombres sobresalientes.
Pero me dije enseguida que no debía hacerme ilusiones con este acontecimiento. En los últimos años, el ministerio había dejado sin atender propuestas de este tipo, y varios colegas que me llevaban años y me igualaban al menos en méritos esperaban desde entonces en vano su nombramiento.
No tenía motivos para suponer que a mí me iría mejor. Decidí, por tanto, consolarme. Que yo sepa, no soy ambicioso, ejerzo mi actividad médica con éxito satisfactorio aun sin que un título me recomiende. Por lo demás, no se trataba en absoluto de declarar las uvas dulces o agrias, ya que indudablemente colgaban demasiado alto para mí.
Una tarde me visitó un colega y amigo, uno de aquellos cuyo destino me había impuesto como advertencia. Candidato desde hacía tiempo al ascenso a profesor —título que eleva al médico de nuestra sociedad a la categoría de semidiós ante sus enfermos— y menos resignado que yo, solía presentarse de vez en cuando en las oficinas del alto ministerio para impulsar su asunto. Venía a mi casa de una de esas visitas. Contó que esta vez había acorralado al alto dignatario y le había preguntado sin rodeos si del retraso en su nombramiento eran verdaderamente culpables las consideraciones confesionales. La respuesta había sido que, sin duda —dada la corriente actual—, Su Excelencia no se hallaba por el momento en condiciones, etcétera.