a la luz la culpa de Edipo en dicha indagación, nos obliga a reconocer nuestro propio interior, en el cual aquellos impulsos, aunque reprimidos, siguen estando presentes. La confrontación con la que nos deja el coro, esta advertencia, nos golpea a nosotros mismos y a nuestro orgullo, a nosotros que desde la infancia nos hemos vuelto tan sabios y tan poderosos en nuestra propia estimación. Como Edipo, vivimos en la ignorancia de los deseos que ultrajan la moral y que la naturaleza nos ha impuesto, y tras su revelación bien quisiéramos todos apartar la mirada de las escenas de nuestra infancia42.
Que la leyenda de Edipo ha brotado de un antiquísimo material onírico, cuyo contenido es aquella penosa alteración de la relación con los progenitores provocada por las primeras mociones de la sexualidad, para ello se halla en el texto de la tragedia de Sófocles una indicación que no puede malinterpretarse.
Yocasta consuela al todavía no esclarecido Edipo, pero preocupado por el recuerdo de los oráculos, mencionando un sueño que son muchos los hombres que sueñan, sin que este, según opina, signifique nada:
El sueño de tener relaciones sexuales con la madre es compartido, hoy igual que entonces, por muchas personas que lo relatan con indignación y asombro. Es, como es comprensible, la clave de la tragedia y el complemento del sueño de la muerte del padre. La fábula de Edipo es la reacción de la fantasía ante estos dos sueños típicos, y así como los sueños son experimentados por el adulto con sentimientos de rechazo, la leyenda debe incorporar en su contenido el espanto y el autocastigo. Su conformación posterior proviene, a su vez, de una elaboración secundaria malentendida del material, que busca ponerlo al servicio de un propósito teologizante. (Véase el material onírico de la exhibición, p. 183 s.) El intento de conciliar la omnipotencia divina con la responsabilidad humana tiene que fracasar, por supuesto, en este material como en