Así buscaría yo el valor teórico de la ocupación con el sueño en las contribuciones al conocimiento psicológico y en la preparación para la comprensión de las psiconeurosis. ¿Quién es capaz de agorar a qué importancia puede elevarse aún un conocimiento profundo de la estructura y las funciones del aparato anímico, si ya el estado actual de nuestro saber permite una feliz influencia terapéutica sobre las formas, en sí curables, de las psiconeurosis?
¿Y el valor práctico de esta ocupación —oigo preguntar— para el conocimiento anímico, el descubrimiento de los rasgos de carácter ocultos de cada individuo? ¿Acaso las mociones inconscientes que el sueño revela no tienen el valor de fuerzas reales en la vida anímica? ¿Ha de tasarse en poco la importancia ética de los deseos reprimidos que, tal como crean sueños, un día pueden crear otras cosas?
No me siento con derecho a responder a esta pregunta. Mis pensamientos no han seguido profundizando en este lado del problema de los sueños. Opino únicamente que, en cualquier caso, el emperador romano que mandó ejecutar a un súbdito porque había soñado que asesinaba al emperador no tenía razón. Primero debería haberse ocupado de averiguar qué significaba ese sueño; con mucha probabilidad no era el mismo que el sujeto ostentaba. Y aun cuando un sueño de contenido diferente tuviera este significado lesa majestatistis, todavía sería oportuno recordar las palabras de Platón, en el sentido de que el hombre virtuoso se conforma con soñar lo que el malvado hace en la vida. Opino, pues, que lo mejor es dejar en libertad a los sueños. Si a los deseos inconscientes ha de atribuírseles realidad, y en qué sentido, no puedo decirlo de buenas a primeras. Naturalmente, hay que negársela a todos los pensamientos de transición e intermedios. Si se tienen ante uno los deseos inconscuestos llevados a su expresión última y más verdadera, hay que decir sin duda que la realidad psíquica es una forma de existencia especial, que no debe confundirse con la realidad fáctica. Parece entonces