Salgo al paso de otra objeción señalando que en otros viajes, en condiciones más cómodas, casi nunca he sentido ganas de orinar tras un despertar temprano. Por lo demás, puedo dejar este punto indeciso sin perjuicio alguno.
Desde que, además, las experiencias obtenidas en el análisis de los sueños me han hecho advertir que también de los sueños cuya interpretación parece al principio completa, porque las fuentes oníricas y los estímulos desiderativos son fáciles de demostrar, —que también de tales sueños parten importantes hilos de pensamiento que se remontan hasta la más tierna infancia—, he tenido que preguntarme si no se dará también en este rasgo una condición esencial del soñar.
Si pudiera generalizar este pensamiento, a todo sueño le correspondería en su contenido manifiesto una conexión con lo vivido recientemente, pero en su contenido latente una conexión con lo vivido más antiguamente, de lo cual puedo demostrar verdaderamente, en el análisis de la histeria, que en el mejor sentido de la palabra ha permanecido reciente hasta el presente.
Sin embargo, esta suposición resulta todavía muy difícil de demostrar; tendré que volver sobre el papel probable de las vivencias de la temprana infancia en la formación de los sueños en otro contexto (sección VII).
De las tres peculiaridades de la memoria onírica consideradas al principio, una de ellas —la preferencia por lo accesorio en el contenido del sueño— ha quedado resuelta de manera satisfactoria al reducirla a la desfiguración onírica. Las otras dos, la predilección por lo reciente y por lo infantil, hemos podido confirmarlas, pero no deducirlas a partir de los motivos del soñar. Queremos retener en la memoria estos dos caracteres, cuya explicación o aprovechamiento nos queda pendiente; habrán de encontrar su acomodo en otra parte, ya sea en la psicología del estado de sueño o en aquellas consideraciones sobre la estructura del aparato psíquico