Mientras la psicología zanjaba esta cuestión mediante la explicación literal de que lo «psíquico» es sencillamente lo «consciente» y que los «procesos anímicos inconscientes» constituyen un patente contrasentido, quedó excluida toda valorización psicológica de las observaciones que un médico podía obtener en estados anímicos anormales. El médico y el filósofo solo coinciden cuando ambos reconocen que los procesos anímicos inconscientes son «la expresión adecuada y plenamente justificada de un hecho constatado». El médico no puede menos que rechazar con un encogimiento de hombros la afirmación de que «la conciencia es el carácter indispensable de lo psíquico», y, si su respeto por las declaraciones de los filósofos es todavía lo suficientemente fuerte, suponer que no están tratando el mismo objeto ni practicando la misma ciencia. Pues ya una sola observación comprensiva de la vida anímica de un neurótico, un solo análisis de los sueños, debe imponerle la inquebrantable convicción de que los procesos de pensamiento más complejos y correctos, a los que sin duda no se les negará el nombre de procesos anímicos, pueden producirse sin despertar la conciencia de la persona26. Ciertamente, el médico no tiene noticia de estos procesos inconscientes hasta que han ejercido sobre la conciencia un efecto que permite su comunicación u observación. Pero este efecto consciente puede mostrar un carácter psíquico totalmente divergente del proceso inconsciente, de modo que la percepción interna es incapaz de reconocer al uno como el sustituto del otro. El médico debe reservarse el derecho de avanzar, mediante un proceso deductivo, desde el efecto consciente hasta el proceso anímico inconsciente; por este camino aprende que el efecto consciente es solo un efecto psíquico lejano del proceso inconsciente, que este último no ha llegado a hacerse consciente como tal, y que ha existido y actuado sin revelarse de ningún modo a la conciencia.
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VII. Zur Psychologie der Traumvorgänge.
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