altura de maldad de desearle la muerte al rival o al compañero de juegos más fuerte, como si todas las faltas solo pudieran expiarse con la pena capital? Quien habla así no considera que la idea que el niño tiene del «estado de muerte» solo tiene en común con la nuestra la palabra y luego poco más. El niño no sabe nada de los horrores de la descomposición, del frío en la tumba helada, del terror de la nada sin fin que el adulto, como atestiguan todos los mitos del más allá, tolera tan mal en su imaginación. El miedo a la muerte le es ajeno, por eso juega con la palabra espantosa y amenaza a otro niño: «Si vuelves a hacer eso, te vas a morir como se murió Franz», ante lo cual la pobre madre se estremece, incapaz quizá de olvidar que la mayor parte de los seres nacidos en la tierra no logran superar con vida los años de la infancia. Todavía a los ocho años el niño, recién vuelto de un paseo por el Museo de Historia Natural, puede decirle a su madre: «Mamá, te quiero tanto; cuando te mueras, ¡haré que te dissequen y te pondré aquí en la habitación para poder verte siempre, siempre!». Tan poco se parece la idea infantil de estar muerto a la nuestra40.
Para el niño, a quien además se le ahorra presenciar las escenas de sufrimiento previas a la muerte, haber muerto equivale a «estar fuera», a no molestar más a los supervivientes. No distingue de qué modo se produce esta ausencia, si por un viaje, por un distanciamiento o por la muerte. Si en los años prehistóricos de un niño su niñera ha sido despedida y, poco tiempo después, su madre ha muerto, ambos acontecimientos se superponen en una misma línea dentro de su recuerdo, tal como se descubre en el análisis.