Las excitaciones sensoriales subjetivas tienen como fuente de las imágenes oníricas, al parecer, la ventaja de no depender, como las objetivas, del azar exterior.
Están, por decirlo así, a disposición de la explicación tan a menudo como esta las necesita. Sin embargo, se quedan atrás respecto a los estímulos sensoriales objetivos en el hecho de que apenas son accesibles, o no lo son en absoluto, a aquella confirmación de su papel como generadores de sueños que la observación y el experimento proporcionan en el caso de estos últimos.
El principal testimonio de la fuerza generadora de sueños que poseen las excitaciones sensoriales subjetivas lo proporcionan las llamadas alucinaciones hipnagógicas, descritas por Joh. Müller como «apariciones visuales fantásticas».
Se trata de imágenes a menudo muy vivas y cambiantes, que en el periodo de adormecimiento suelen presentarse con toda regularidad en muchas personas y pueden persistir durante un rato incluso después de abrir los ojos.
Maury, que era muy propenso a ellas, les dedicó un detenido estudio y afirmó su relación, o más bien su identidad, con las imágenes oníricas (como por lo demás ya lo hiciera Joh. Müller).
Para su origen, dice Maury, se requiere cierta pasividad anímica, una disminución de la tensión de la atención (p. 59 y ss.). Pero basta con caer en tal letargo durante un segundo para ver, dadas las demás disposiciones, una alucinación hipnagógica tras la cual uno tal vez se vuelva a despertar, hasta que el juego del adormecimiento, repetido varias veces, llega a su fin. Si luego se despierta uno transcurrido no demasiado tiempo, según Maury se logra a menudo comprobar en el sueño las mismas imágenes