Nos hallamos aquí ante una elección. Podemos admitir que la legalidad en la formación de los sueños realmente no se puede seguir investigando, y renunciar así a preguntar si la interpretación de la ilusión provocada por la impresión sensorial no está sujeta todavía a otras condiciones.
O podemos sospechar que la excitación sensorial objetiva que interviene en el sueño desempeña solo un papel modesto como fuente onírica y que otros factores determinan la selección de las imágenes mnémicas que han de ser evocadas.
En efecto, si se examinan los sueños producidos experimentalmente por Maury, que he comunicado con tanta extensión con este propósito, uno se siente tentado a decir que el experimento realizado revela en realidad solo uno de los elementos oníricos en cuanto a su origen, y el resto del contenido del sueño parece más bien demasiado autónomo, demasiado determinado en sus detalles, como para poder ser explicado por la única exigencia de que deba congeniar con el elemento introducido experimentalmente.
Sí, uno empieza a dudar de la teoría de la ilusión y de la potencia de la impresión objetiva para configurar el sueño, al enterarse de que esta impresión experimenta a veces en el sueño la interpretación más extraña y remota.
Así, por ejemplo, M. Simon relata un sueño en el que veía a personas gigantescas sentadas a la mesa y oía claramente el terrible estrépito que producían al masticar sus mandíbulas al chocar unas con otras. Al despertar, oyó el ruido de los cascos de un caballo que galopaba frente a su ventana.
Si aquí el ruido de los cascos del caballo evocó precisamente representaciones pertenecientes al círculo de recuerdos de Los viajes de Gulliver, de su estancia entre los gigantes de Brobdingnag, ¿la elección de este círculo de recuerdos, tan inusual para dicho estímulo, no habrá sido facilitada además por otros motivos?7