estudio de los sueños —la condensación, el desplazamiento de afectos, la personificación de impulsos psíquicos y su escisión o multiplicación—, y finalmente también la formación de estratos, pudiendo además, lo que es aún más importante, señalar las tendencias mediante las cuales se ponen en funcionamiento estos mecanismos. Si a partir de este conocimiento se deshacen todas las deformaciones, se tropieza al final con aquella realidad psíquica de fantasías inconscientes que siguen viviendo en los sueños de los hombres civilizados de hoy tal como imperaron antaño en la realidad objetiva.
La investigación psicoanalítica de los mitos, fundamentada en la comprensión de la vida onírica, va, por tanto, mucho más allá del mero punto de contacto de un simbolismo común. En lugar de la comparación superficial entre el sueño y el mito, establece un enfoque genético que permite concebir los mitos como los restos deformados de las fantasías de deseos de naciones enteros, por decirlo así, como los sueños seculares de la joven humanidad. Así como el sueño lo hace desde una perspectiva individual, el mito representa en un sentido filogenético una parte de la vida anímica infantil extinta, y constituye una de las confirmaciones más brillantes del enfoque psicoanalítico el que este vuelva a encontrar plenamente en las tradiciones míticas de la prehistoria la experiencia de la vida anímica inconsciente extraída de la psicología individual. En particular, el conflicto central de la vida anímica infantil, la relación ambivalente con los padres y con la familia en todas sus múltiples relaciones (la curiosidad sexual, etc.), ha demostrado ser el motivo principal de la formación de los mitos y el contenido esencial de las tradiciones míticas. Es más, uno de los principales representantes de la interpretación astral de los mitos, Eduard Stucken, llega al extremo de suponer que todos los mitos son, en