invención propia. Sin embargo, los espectadores han contemplado impasibles cómo, a pesar de toda la resistencia de personas inocentes, una maldición o un oráculo se cumplían en ellas; las tragedias del destino posteriores han quedado sin efecto.
Si el rey Edipo es capaz de conmover al hombre moderno no menos que al griego contemporáneo, la solución solo puede radicar en que el efecto de la tragedia griega no descansa en el contraste entre el destino y la voluntad humana, sino que ha de buscarse en la particularidad del material sobre el cual se demuestra este contraste. Tiene que haber una voz en nuestro interior dispuesta a reconocer la fuerza imperativa del destino en Edipo, mientras que somos capaces de rechazar como arbitrarios decretos como los de «La antepasada» u otras tragedias del destino. Y tal elemento se halla de hecho en la historia del rey Edipo. Su destino nos conmueve únicamente porque también podría haber sido el nuestro, porque el oráculo antes de nuestro nacimiento ha fulminado sobre nosotros la misma maldición que sobre él. A todos nosotros nos fue dictado tal vez dirigir el primer impulso sexual hacia la madre, el primer odio y el primer deseo violento contra el padre; nuestros sueños nos convencen de ello. El rey Edipo, que dio muerte a su padre Layo y se casó con su madre Yocasta, no es más que el cumplimiento de los deseos de nuestra infancia. Pero, más afortunados que él, desde entonces —en la medida en que no nos hemos convertido en psiconeuróticos— hemos logrado desvincular nuestros impulsos sexuales de nuestras madres y olvidar nuestros celos hacia nuestros padres. Ante la persona en quien se ha cumplido aquel anhelo infantil primigenio nos estremecemos con toda la magnitud de la represión que estos deseos han sufrido desde entonces en nuestro interior. Mientras el poeta saca