como término medio entre el aristócrata y el músico que autoriza a abrigar grandes esperanzas.
Con las consideraciones precedentes hemos descubierto por fin un tercer momento, cuya participación en la transformación de los pensamientos oníricos en contenido del sueño no es pequeña: La mirada puesta en la posibilidad de representación en el peculiar material psíquico de que el sueño se sirve, es decir, mayoritariamente en imágenes visuales. Entre las diversas conexiones secundarias con los pensamientos oníricos esenciales, se preferirá aquella que permita una representación visual, y la labor del sueño no escatima el esfuerzo de verter primero el pensamiento rígido, por así decirlo, en otra forma lingüística, aunque esta sea la más inusual, con tal de que posibilite la representación y ponga así fin a la angustia psicológica del pensamiento aprisionado. Este trasvase del contenido del pensamiento a otra forma puede ponerse, sin embargo, al mismo tiempo al servicio de la labor de condensación y crear relaciones con otro pensamiento que de otro modo no existirían. Este otro pensamiento acaso mismo, con el propósito de mostrarse complaciente, haya modificado antes su expresión original.
La simbología de los sueños.
Herbert Silberer ha mostrado un buen camino para poder observar directamente la transformación de los pensamientos en imágenes que tiene lugar durante la formación de los sueños, y estudiar así de forma aislada este único momento de la labor onírica. Cuando se imponía un esfuerzo de pensamiento en estado de fatiga y somnolencia, le ocurría con frecuencia que el pensamiento se le escapaba y, en su lugar, aparecía una imagen en la que ahora podía reconocer el sustituto del pensamiento. Silberer denomina a este sustituto, no del todo apropiadamente, «autosimbólico». Reproduzco aquí algunos ejemplos del trabajo de Silberer, sobre los cuales volveré en otro lugar debido a ciertas propiedades de los