estamos en vías de buscar las fuentes de los sueños no fuera, sino dentro del organismo, debemos recordar que casi todos nuestros órganos internos —los cuales, en estado de salud, apenas nos dan noticias de su existencia— se convierten, en estados de irritación (como los llamamos) o en enfermedades, en una fuente de sensaciones por lo general penosas para nosotros, las cuales deben equipararse a los agentes de los estímulos de dolor y sensibilidad que llegan desde el exterior. Son experiencias muy antiguas las que, por ejemplo, inducen a Strümpell a la afirmación (p. 107): «En el sueño, el alma llega a una consciencia de la sensación de su corporeidad mucho más profunda y amplia que en la vigilia, y se ve obligada a recibir y dejar obrar sobre sí ciertas impresiones estimulantes que provienen de partes y modificaciones de su cuerpo de las que nada sabía en la vigilia». Ya Aristóteles declara muy posible que en el sueño se le hiciera a uno atento a estados patológicos incipientes de los que aún no se advierte nada en la vigilia (en virtud de la amplificación que el sueño depara a las impresiones, véase p. 2), y autores médicos a cuya opinión era por cierto ajeno creer en un don profético del sueño han reconocido esta importancia del sueño al menos para el anuncio de enfermedades. (Véase M. Simon, p. 31, y muchos autores antiguos)8.
Parece que tampoco faltan ejemplos certificados de tales capacidades diagnósticas del sueño en épocas recientes. Así, por ejemplo, Tissié relata según Artigues (Essai sur la valeur séméiologique des rêves) la historia de una mujer de 43 años que, durante unos años y en aparente salud plena, se vio atormentada por sueños de angustia, y en la cual el examen médico reveló entonces una afección cardíaca incipiente, a la que no tardó en sucumbir.
Las perturbaciones desarrolladas de los órganos internos actúan al parecer como agentes generadores de sueños en toda una serie de