había entresacado lo que encajaba con la serie de pensamientos hostiles de mis pensamientos oníricos y lo que debía significar: El tío no tiene nada que opinar, si ni siquiera vive. Y ahora tenía que recordar que el sueño había sido soñado pocos días después de la inauguración del monumento a Fleischl en las arcadas de la Universidad, ocasión en la cual había vuelto a ver el monumento a Brücke y (en el inconsciente) debí de haber sopesado con pesar cómo mi amigo P., altamente dotado y entregado por completo a la ciencia, había perdido por una muerte prematura su fundado derecho a un monumento en estos recintos. Así le erigí este monumento en el sueño; mi amigo P. se llamaba Josef de primer nombre64.
Según las reglas de la interpretación de los sueños, yo aún no estaría autorizado para sustituir el non vivit, que necesito, por el non vixit, que el recuerdo del monumento a Josef pone a mi disposición. Otro elemento de los pensamientos oníricos debe de haber posibilitado esto mediante su contribución. Esto me hace reparar en que en la escena onírica confluyen una corriente de pensamiento hostil y otra tierna hacia mi amigo P., la primera superficial, la segunda oculta, y alcanzan su representación en las mismas palabras: Non vixit. Puesto que se ha hecho acreedor de méritos por la ciencia, le erijo un monumento; pero puesto que se ha hecho culpable de un deseo malvado (expresado al final del sueño), por eso lo aniquilo. He formado ahí una frase de sonoridad muy peculiar, en la que debió de influirme un modelo. ¿Dónde se encuentra una antítesis semejante, una tal concatenación de dos reacciones opuestas hacia la misma persona, las cuales reclaman ambas estar plenamente legitimadas y, sin embargo, no quieren estorbarse mutuamente? En un solo pasaje,