que hasta entonces la censura interior le había impedido suministrar afecto, pero que bajo las condiciones modificadas ya no ve impedimento alguno. Este caso se da con carácter general en la sociedad, cuando personas antipáticas o miembros de una minoría mal vista incurren en una falta. Su castigo no corresponde entonces por lo habitual a su culpa, sino a la culpa aumentada por la hasta ahora ineficaz animadversión dirigida contra ellos. Los encargados de castigar cometen con ello indudablemente una injusticia; pero la satisfacción que les produce la supresión de una opresión largamente retenida en su interior les impide percatarse de esta. En tales casos, el afecto está justificado en cuanto a su calidad, pero no en cuanto a su magnitud; y la autocrítica, tranquilizada en un punto, pasa por alto con demasiada facilidad el examen del segundo. Una vez que la puerta está abierta, es fácil que se agolpen más personas de las que uno pretendía dejar entrar originalmente.
El rasgo llamativo del carácter neurótico de que en él los motivos capaces de suscitar afectos producen un efecto cualitativamente justificado pero cuantitativamente desmedido se explica de este modo, en la medida en que este admite una explicación psicológica. El excedente proviene, sin embargo, de fuentes de afecto que han permanecido inconscientes, reprimidas hasta entonces, que pueden establecer una conexión asociativa con el motivo real y para cuya descarga afectiva la fuente de afecto libre de objeciones y admitida abre el camino deseado. Se nos llama así la atención sobre el hecho de que no debemos contemplar exclusivamente las relaciones de inhibición recíproca entre la instancia anímica reprimida y la reprimente. Merecen igual atención los casos en los que ambas instancias, mediante la cooperación y el reforzamiento mutuo, producen un efecto patológico. Ruego que se utilicen estas observaciones indicativas sobre