No solo me vengo de Otto por su precipitada toma de partido en mi contra, achacándole una intervención médica precipitada (la inyección), sino que también me vengo de él por el mal licor que huele a fusel, y encuentro en el sueño una expresión que aúna ambos reproches: la inyección con un preparado de propileno. Aún no estoy satisfecho, sino que continúo mi venganza contraponiéndole a su rival más fiable. Con ello parece que le digo: Este me gusta más que tú. Pero Otto no es el único que tiene que sentir todo el peso de mi cólera. También me vengo de la paciente desobediente, sustituyéndola por una más inteligente, más dócil. Tampoco dejo pasar sin más la oposición del Dr. M., sino que, en una clara alusión, le expreso mi opinión de que él está ante el asunto como un ignorante («se añadirá disentería, etc.»). Sí, me parece que apelo de él a otro que sabe más (mi amigo, que me ha hablado de la trimetilamina), tal como me he dirigido de Irma a su amiga, de Otto a Leopold. ¡Quitadme a estas personas de en medio, reemplazadmelas por otras tres de mi elección, y entonces quedaré libre de los reproches que no quiero haber merecido! La carencia de fundamento de estos mismos reproches se me demuestra en el sueño de la forma más prolija.
Los dolores de Irma no me incumben, pues ella misma tiene la culpa de ellos al negarse a aceptar mi solución. Los dolores de Irma no me importan, pues son de naturaleza orgánica, imposibles de curar mediante un tratamiento psíquico. Los sufrimientos de Irma se explican satisfactoriamente por su viudez (¡trimetilamina!), contra la cual yo no puedo hacer nada. El sufrimiento de Irma ha sido provocado por una inyección imprudente por parte de Otto, con una sustancia no apta para ello, como yo jamás habría empleado. El sufrimiento de Irma proviene de una inyección con una jeringa sucia, al igual que la flebitis de mi anciana señora, mientras que yo en mis inyecciones nunca hago nada indebido.