proveniente de la fuente infantil prohibida. En otra capa de pensamientos me dije a mí mismo en aquella solemne inauguración de monumento: He perdido a tantos queridos amigos, a unos por muerte, a otros por disolución de la amistad; ¡qué hermoso es, sin embargo, que se me hayan reemplazado, que haya ganado al único que significa para mí más de lo que los otros podían, y al que ahora, a la edad en que ya no se entablan fácilmente nuevas amistades, retendré para siempre! La satisfacción de haber encontrado este reemplazo para los amigos perdidos se me permite llevarla intacta al sueño, pero tras ella se desliza sigilosa la satisfacción hostil de origen infantil. La ternura infantil ayuda sin duda a intensificar la hoy justificada; pero también el odio infantil se ha abierto paso en la representación.
En el sueño está contenido además un claro indicio de otro curso de pensamientos que puede desembocar en la satisfacción.
Poco antes, tras una larga espera, mi amigo había tenido una hijita. Sé cuánto lamenta a su hermana perdida prematuramente, y le escribo que sobre esta niña trasladaría el amor que había sentido por su hermana; esta pequeña niña haría que al fin olvidara la pérdida irreparable.
Así también esta serie vuelve a enlazar con el pensamiento intermedio del contenido onírico latente, desde el cual los caminos se bifurcan en direcciones opuestas: no hay nadie irreemplazable. Mira, solo revenants; todo lo que se ha perdido regresa. Y ahora, los lazos asociativos entre los componentes contradictorios de los pensamientos del sueño se estrechan por la circunstancia fortuita de que la hija pequeña de mi amigo lleva el mismo nombre que mi propia compañera de juegos de la infancia, la hermana de mi mayor amigo y antagonista, que tenía mi misma edad. He oído el nombre