desavenencia aún proviene de la infancia, o ha existido desde siempre. Pero también muchísimos adultos que hoy están apegados tiernamente a sus hermanos y los ayudan, han vivido en su infancia en una enemistad casi ininterrumpida con ellos. El hijo mayor ha maltratado al menor, lo ha difamado, lo ha despojado de sus juguetes; el menor se ha consumido en impotente furia contra el mayor, lo ha envidiado y temido, o sus primeros impulsos de anhelo de libertad y de sentido de la justicia se han vuelto contra el opresor. Los padres dicen que los niños no se llevan bien y no saben encontrar el motivo de ello. No es difícil ver que el carácter incluso del niño bueno es distinto al que deseamos encontrar en un adulto. El niño es absolutamente egoísta, siente sus necesidades intensamente y lucha sin consideraciones por su satisfacción, en especial contra sus competidores, otros niños, y en primer lugar contra sus hermanos. Sin embargo, no por ello llamamos al niño «malo», lo llamamos «travieso»; es irresponsable por sus malas acciones tanto ante nuestro juicio como ante la ley penal. Y con razón; pues podemos esperar que aún dentro de los periodos de vida que adscribimos a la infancia, despierten en el pequeño egoísta los impulsos altruistas y la moral, que, para hablar con Meynert, un yo secundario se superponga al primario y lo inhiba. Ciertamente, la moralidad no surge al mismo tiempo en toda la línea, y también la duración del periodo infantil carente de moral es de distinta longitud en los diversos individuos. * Donde falta el desarrollo de esta moralidad, nos gusta hablar de «degeneración»; se trata evidentemente de una inhibición del desarrollo. * Donde el carácter primario ya ha sido superpuesto por el desarrollo posterior, puede quedar al descubierto al menos parcialmente a causa de una enfermedad
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V. El material del sueño y las fuentes del sueño.
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