Es posible que en esto se manifiesten diferencias individuales, conservando el uno el tipo infantil de los procesos anímicos durante más tiempo que el otro, del mismo modo que existen tales diferencias en lo que atañe a la atenuación de la representación originalmente tan visual. Pero en general creo que, en el adulto, el deseo insatisfecho que queda del día no bastará para crear un sueño. Admito de buen grado que la moción de deseo proveniente de lo consciente aportará una contribución a la estimulación del sueño, pero probablemente nada más. El sueño no se originaría si el deseo preconsciente no supiera procurarse un refuerzo procedente de otra parte.
Del inconsciente, en efecto. Me imagino que el deseo consciente solo se convierte en motor del sueño cuando logra despertar a otro inconsciente de efecto equivalente, por cuyo intermedio se refuerza. A estos deseos inconscientes los considero, siguiendo los indicios de la psicoanálisis de las neurosis, siempre activos, listos en todo momento para abrirse paso si se les presenta la oportunidad de aliarse con una moción de la conciencia y transferir su gran intensidad a la menor de esta última12. Tendrá entonces que parecer como si solo el deseo consciente se hubiera realizado en el sueño; tan solo una pequeña anomalía en la configuración de este sueño nos servirá de pista para rastrear al poderoso ayudante proveniente del inconsciente. Estos deseos de nuestro inconsciente, siempre activos, por decirlo así inmortales, que hacen recordar a los titanes de la mitología sobre los cuales pesan desde tiempos inmemoriales las pesadas masas montañosas que las divinidades victoriosas arrojaron sobre ellos en otro tiempo, y que todavía hoy tiemblan de vez en cuando bajo las convulsiones de sus miembros; —estos deseos que se hallan en estado de represión, digo yo, son sin embargo de origen infantil, según sabemos a través de la investigación psicológica de las neurosis.