»¡Qué saltos tan caprichosos se permite el que sueña, por ejemplo, en sus deducciones lógicas! ¡Con qué naturalidad ve las reglas de experiencia más conocidas puestas literalmente patas arriba! ¡Qué contradicciones tan ridículas puede tolerar en el orden de la naturaleza y de la sociedad antes de que, como suele decirse, la cosa rebase el vaso y el exceso de sinsentido provoque el despertar! Multiplicamos a veces de la forma más inocente: tres por tres son veinte; no nos extraña en absoluto que un perro nos recite un verso, que un muerto marche sobre sus propios pies hacia su tumba, que un trozo de roca flote sobre el agua; acudimos muy formalmente, por encargo superior, al ducado de Bernburg o al principado de Liechtenstein para observar la marina de guerra del país, o nos dejamos reclutar como voluntarios por Carlos XII poco antes de la batalla de Poltava«.
Binz (pág. 33) con la referencia a la teoría de los sueños que resulta de estas impresiones:
«De cada diez sueños, nueve al menos son de contenido absurdo. En ellos vinculamos personas y cosas que no tienen la menor relación entre sí. Al momento siguiente, como en un caleidoscopio, la agrupación se ha vuelto otra, posiblemente aún más absurda y disparatada de lo que ya era antes; y así prosigue el juego cambiante del cerebro imperfectamente dormido hasta que despertamos, nos llevamos la mano a la frente y nos preguntamos si en verdad poseemos todavía la capacidad de imaginar y pensar racionalmente».
Las asociaciones superficiales en el sueño.
Maury (pág. 50) encuentra para la relación entre las imágenes oníricas y los pensamientos de la vigilia una comparación muy impresionante para el médico: