se puso de manifiesto la necesidad de configurar el curso de las representaciones de un modo más independiente de los signos de displacer para hacer posible ejecuciones más sutiles. Para tal fin, el sistema Pcv requería cualidades propias que pudieran atraer a la conciencia, y las obtuvo, muy probablemente, mediante la vinculación de los procesos preconscientes con el sistema de memoria de los signos lingüísticos, que no carece de cualidades. Mediante las cualidades de este sistema, la conciencia —que antes era solo órgano sensorial para las percepciones— se convierte también en órgano sensorial para una parte de nuestros procesos de pensamiento. Hay ahora, por así decirlo, dos superficies sensoriales: una orientada a la percepción, la otra a los procesos de pensamiento preconscientes.
Debo suponer que la superficie sensorial de la conciencia orientada hacia el Prjv se vuelve mucho más inexcitable por el estado de sueño que la dirigida hacia los sistemas P. El abandono del interés por los procesos de pensamiento nocturnos es, por lo demás, adecuado a un fin. No debe ocurrir nada en el pensamiento; el Prjv exige dormir. Pero una vez que el sueño se ha convertido en percepción, logra excitar la conciencia mediante las cualidades recién adquiridas. Esta excitación sensorial cumple aquello en lo que consiste en general su función: dirige una parte de la energía de investidura disponible en el Prjv como atención hacia lo excitante. Hay que admitir, por lo tanto, que el sueño despierta cada vez, poniendo en actividad una parte de la fuerza latente del Prjv. Este ejerce ahora sobre él aquel influjo que hemos denominado elaboración secundaria con respecto a la coherencia y la comprensibilidad. Esto quiere decir que el sueño es tratado por él como cualquier otro contenido de percepción; es sometido a las mismas expectativas representativas, en la medida en que su material precisamente lo permite. En la