Este recuerdo atrae por así decir hacia la regresión al pensamiento vinculado con él —cuya expresión es impedida por la censura—, como a aquella forma de representación en la que él mismo está anímicamente presente. Me está permitido citar aquí, como resultado de los estudios sobre la histeria, que las escenas infantiles (ya sean recuerdos o fantasías), si se logra hacerlas conscientes, son vistas de manera alucinatoria y solo pierden este carácter tras su comunicación. También es sabido que, incluso en personas que por lo demás no son visuales al recordar, los primeros recuerdos infantiles conservan el carácter de la vivacidad sensorial hasta avanzada edad.
Si ahora recordamos qué papel corresponde en los pensamientos oníricos a las vivencias infantiles o a las fantasías fundadas en ellas, cuán frecuentemente fragmentos de las mismas reaparecen en el contenido del sueño, cómo los propios deseos oníricos derivan a menudo de ellas, tampoco se podrá descartar para el sueño la probabilidad de que la transformación de pensamientos en imágenes visuales sea a su vez consecuencia de la atracción que el recuerdo representado visualmente, el cual pugna por la reanimación, ejerce sobre el pensamiento que lucha por expresarse y está separado de la conciencia.
Según esta concepción, el sueño también podría describirse como el sustituto de la escena infantil, alterado mediante transferencia a lo reciente. La escena infantil no puede imponer su renovación; tiene que contentarse con el retorno en forma de sueño.
La regresión explicada por la atracción de las escenas infantiles.
La referencia a la importancia, por decirlo así, modélica de las escenas infantiles (o de sus repeticiones fantásticas) para el contenido onírico hace superfluo uno de los supuestos de Scherner y de sus seguidores acerca de las fuentes internas de excitación. Scherner supone un estado de «excitación visual», de excitación interna en el órgano de la vista, cuando