de satisfacción y ya habríamos podido introducir allí la segunda premisa: que la acumulación de excitación —según ciertas modalidades que no nos conciernen— es sentida como displacer y pone al aparato en actividad para restablecer la vivencia de satisfacción, en la cual la disminución de la excitación es experimentada como placer. A semejante corriente en el aparato, que parte del displacer y apunta al placer, la denominamos deseo; hemos dicho que nada más que un deseo es capaz de poner en movimiento el aparato, y que el curso de la excitación en este es regulado de manera automática por las percepciones de placer y displacer. El primer desear debió de haber sido una investidura alucinatoria del recuerdo de satisfacción. Pero esta alucinación demostró ser incapaz —si no se la retenía hasta el agotamiento— de provocar el cese de la necesidad, es decir, el placer ligado a la satisfacción.
Se hizo necesaria así una segunda actividad —en nuestra forma de expresión, la actividad de un segundo sistema— que no permitía que la