había trabajado con nosotros diecinueve años atrás y que entonces, al volver de la taberna, se había caído al arroyo. Cuando quiso sentarse, no había sitio. Miré al maestro con interrogación, y este me dijo: «A fin de cuentas, tú no sirves para la sastrería, puedes irte, ya estás despedido*».— Fue tan abrumador mi sobresalto ante esto que me desperté.
»El alba brillaba a través de los limpios cristales en mi acogedor hogar. Objetos de arte me rodeaban; en el elegante estante de libros aguardaban por mí el eterno Homero, el gigantesco Dante, el incomparable Shakespeare, el glorioso Goethe –los magníficos, los inmortales todos. Desde la habitación contigua resonaban las alegres vocecitas de los niños que despertaban y bromeaban con su madre. Sentía como si esta vida idílicamente dulce, pacífica y rica en poesía, luminosamente espiritual, en la que tantas y tan profundamente veces sentí la contemplativa felicidad humana, la hubiera redescubierto de nuevo. Y, sin embargo, me roía por dentro el que no me hubiera adelantado a mi amo con la renuncia, sino que él me hubiera despedido.«
»Und wie merkwürdig ist mir das: Mit jener Nacht, da mich der Meister »fremd gemacht« hatte, genieße ich Ruhe, träume nicht mehr von meiner in ferner Vergangenheit liegenden Schneiderzeit, die in ihrer Anspruchslosigkeit ja so heiter war und die doch einen so langen Schatten in meine späteren Lebensjahre hereingeworfen hat.«
En esta serie de sueños del poeta, que en su juventud había sido oficial sastre, resulta difícil reconocer el imperio del cumplimiento de deseos. Todo lo grato se halla en la vida diurna, mientras que el sueño parece arrastrar la fantasmal sombra de una existencia ingrata finalmente superada. Sueños propios de índole similar me han puesto en condiciones de aportar cierta clarificación sobre tales sueños. En mis tiempos de joven