vez, es como si yo ya hubiera recorrido con él un tramo que por lo demás se hace en tren. A esta confusa e insensata historia, el análisis le aporta las siguientes aclaraciones: Durante el día había tomado un carruaje de un caballo que debía conducirme a Dornbach, a una calle apartada. Pero él no conocía el camino y, al modo de esta buena gente, siguió adelante hasta que me di cuenta y le indiqué la ruta, no ahorrándole algunos comentarios sarcásticos. A partir de este cochero se hila una conexión de pensamientos con los aristócratas con los que me reuniré más tarde. Por el momento solo la insinuación de que a nosotros, los plebeyos burgueses, la aristocracia nos llama la atención por el hecho de que se pone con preferencia en el lugar del cochero. El conde Thun también guía el carro del Estado de Austria. Sin embargo, la siguiente frase del sueño se refiere a mi hermano, a quien identifico, por tanto, con el cochero del carruaje. Este año yo le había cancelado el viaje conjunto a Italia («En la propia línea férrea no puedo ir con usted»), y esta cancelación fue una especie de castigo por su queja habitual de que suelo fatigarlo en exceso* en estos viajes (lo cual llega al sueño sin cambios), al exigirle cambios de lugar demasiado rápidos, demasiado de lo bello en un solo día. Mi hermano me había acompañado esa tarde a la estación de ferrocarril, pero se había bajado poco antes en la estación del metropolitano Westbahnhof para ir en el metropolitano a Purkersdorf. Yo le había comentado que podía quedarse conmigo un poco más de tiempo si, en lugar de ir en el metropolitano, iba a Purkersdorf en el ferrocarril del Oeste. De ahí ha entrado en el sueño
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VI. La labor del sueño.
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