incluso se despierta un deseo que precisamente no es actual con el único fin de la formación del sueño. Pero el sueño no puede actuar de otro modo que representando un deseo como cumplido en una situación; se ve, por decirlo así, ante la tarea de buscar qué deseo puede ser representado como cumplido por la sensación ahora actual. Si este material actual es de carácter doloroso o penoso, no por ello resulta inservible para la formación del sueño. La vida anímica también dispone de deseos cuyo cumplimiento provoca displacer, lo cual parece una contradicción, pero se explica apelando a la existencia de dos instancias psíquicas y a la censura existente entre ellas.
Hay, como hemos oído, en la vida anímica deseos reprimidos que pertenecen al primer sistema, y a cuya realización se opone el segundo sistema. El término «hay» no se entiende en un sentido histórico, como si tales deseos hubieran existido y luego hubieran sido destruidos; por el contrario, la teoría de la represión, necesaria en la psiconeurótica, sostiene que tales deseos reprimidos aún existen, pero al mismo tiempo soportan una inhibición que pesa sobre ellos.
El lenguaje acierta cuando habla de «suprimir» tales impulsos. La disposición psíquica para que tales deseos suprimidos lleguen a realizarse se mantiene intacta y utilizable. Pero si ocurre que uno de estos deseos suprimidos llega a cumplirse, la inhibición vencida del segundo sistema (capaz de conciencia) se manifiesta como displacer.
Para concluir esta argumentación: si durante el sueño existen sensaciones de carácter displacentero de origen somático, esta constelación es utilizada por la labor onírica para representar la realización de un deseo por lo demás suprimido, manteniendo en mayor o menor medida la censura.