Entre los viajes oníricos dominantes procedentes de la corporalidad interior figura indudablemente el estado de ánimo corporal general. No es que este pueda suministrar el contenido del sueño, pero impone a los pensamientos oníricos una selección del material que ha de servir para la representación en el contenido del sueño, al sugerir una parte de este material por considerarla adecuada a su esencia y mantener alejada a la otra.
Además, es muy probable que este estado de ánimo general esté vinculado desde el día con los restos psíquicos significativos para el sueño. Con todo, este estado de ánimo puede conservarse en el propio sueño, o bien ser vencido, de modo que, si resulta displacentero, se transforme en su opuesto.
Si las fuentes de estímulo somáticas durante el sueño —es decir, las sensaciones del sueño— no son de una intensidad inusual, desempeñan, según mi estimación, un papel similar en la formación de los sueños al de las impresiones del día que han quedado como recientes pero indiferentes. Me refiero a que se recurre a ellas para la formación de los sueños cuando son aptas para unirse con el contenido representativo de la fuente anímica del sueño; en caso contrario, no. Se las trata como un material económico, disponible en todo momento, que se emplea tan a menudo como se necesita, en lugar de que un material precioso dicte por sí mismo la forma de su empleo. El caso es más o menos similar al de cuando el mecenas le lleva al artista una piedra rara, un ónice, para que a partir de ella cree una obra de arte. El tamaño de la piedra, su color y sus manchas ayudan a decidir qué cabeza o qué escena debe representarse en ella, mientras que con un material uniforme y abundante de mármol o arenisca el artista sigue únicamente la idea que toma forma en su mente. Solo de este modo me parece comprensible el hecho de que aquel contenido onírico aportado por los estímulos de nuestra corporalidad,