por ejemplo, considerar el significado de una fobia histérica o de la agorafobia. Un neurótico se muestra incapaz de cruzar solo la calle, lo cual aducimos con razón como «síntoma». Supongamos ahora que se elimina este síntoma obligándole a realizar esa acción para la que se cree incapaz. Se produce entonces un ataque de angustia, del mismo modo que un ataque de angustia en la calle ha sido con frecuencia el motivo de la génesis de la agorafobia. Comprobamos así que el síntoma fue constituido para evitar el estallido de la angustia; la fobia se antepone a la angustia a modo de fortaleza fronteriza.
La función de los sueños. Su fracaso en el sueño de angustia.
Nuestra discusión no puede proseguir si no abordamos el papel de los afectos en estos procesos, lo cual, sin embargo, solo es posible de manera imperfecta aquí. Establezcamos, pues, la tesis de que la represión del Icc se vuelve necesaria, sobre todo, porque el curso de las representaciones abandonado a sí mismo en el Icc desarrollaría un afecto que originalmente tenía el carácter de placer, pero que, desde el proceso de la represión, posee el carácter de displacer. La represión tiene el propósito, pero también el éxito, de impedir este desarrollo de displacer.
La represión se extiende al contenido representativo del Icc porque a partir de dicho contenido podría producirse la liberación del displacer. Aquí se toma como base una suposición muy determinada sobre la naturaleza del desarrollo del afecto. Este es considerado como un rendimiento motor o secretorio, cuya clave de inervación se encuentra en las representaciones del Icc. Mediante el dominio por parte del Pcc, estas representaciones quedan, por decirlo así, estranguladas, inhibidas en la emisión de los impulsos generadores de afecto.
El peligro, cuando cesa la carga por parte del Pcc, consiste, por tanto, en que las excitaciones inconscientes liberen un afecto que —a consecuencia de la represión acaecida con anterioridad— solo puede ser sentido como displacer, como angustia.