ellas. Era un caso de ideas obsesivas graves con perfecta conservación del juicio. Primero le amargó el paso por la calle la obsesión de pedirle cuentas a todos con los que se cruza sobre adónde han desaparecido; si uno se escapaba de repente de su mirada perseguidora, le quedaba la sensación penosa y la posibilidad en el pensamiento de que él podría haberlo eliminado. Había detrás, entre otras cosas, una fantasía de Caín, pues «todos los hombres son hermanos». Debido a la imposibilidad de cumplir esta tarea, renunció a pasear y pasó su vida encerrado entre sus cuatro paredes. Sin embargo, a su habitación llegaban constantemente a través del periódico noticias de asesinatos ocurridos afuera, y su conciencia quería insinuarle, bajo la forma de la duda, que él era el asesino buscado. La certeza de que él no había abandonado su vivienda desde hacía semanas lo protegió un tiempo contra estas acusaciones, hasta que un día se le cruzó por la mente la posibilidad de que él hubiera abandonado su casa en estado inconsciente y hubiera cometido así el asesinato sin saber nada al respecto. A partir de entonces cerraba con llave la puerta de la calle, le entregaba la llave a la vieja ama de llaves y le prohibía insistentemente dejar que esta llegara a sus manos, ni siquiera a petición suya.
De ahí proviene, pues, el intento de explicación de que hice el transbordo en estado inconsciente; ha sido introducido ya terminado en el sueño, a partir del material de los pensamientos del sueño, y en este evidentemente ha de servir para identificarme con la persona de aquel paciente. El recuerdo de él fue despertado en mí por una asociación cercana. Con este hombre había hecho el último viaje nocturno pocas semanas antes. Estaba curado, me acompañaba a